Pasolini, la verdad sin miedo

Admirable y execrable ángel y demonio. Sin duda hoy no podríamos más que repudiar su pederastia. Un sacerdote rompió por animadversión ideológica -Pasolini era comunista- el secreto de confesión de un niño de doce años para acusarle de abusos sexuales, lo que enseguida le valió la expulsión del Partido Comunista de Italia, partido que siempre le odiaría, como la derecha no sólo extrema sino ortodoxa. Pasolini jamás ocultó esa baja pasión y ahí están los relatos de «Amado mío» y «Ragazzi della vita», algunas imagen de «Decamerón» y «Las mil y una noches» o la terrible e insoportable «Saló o los 120 días de Sodoma», ni su debilidad por los chaperos o los pequeños chorizos. Pelosi no fue sino otro chulito que recogió de la Estación Termini y a los que llevaba a cenar a uno de los restaurantes más famosos de Roma: el Piccolo Mondo.
Admirable filólogo, especialista en los dialectos friulano y romano. No menos admirable ensayista y periodista cultural, compañero de ruta de Moravia y Sciacia, explorador del mundo de los mitos y las tragedias («Edipo Rey», «Medea», incluso «Pocilga»), cristiano comunero o comunista arcádico (su Jesús histórico de «Il Vangelo...» protagonizado por un joven español y en el que su madre hacía de María) o «Teorema» (película premiada por la Oficina Católica Internacional cuyo galardón fue retirado por el Vaticano días después, ya que mostraba a un joven que curaba de sus fantasmas eróticos, políticos o artísticos a toda una familia burguesa)...
Temible polemista que tuvo la osadía de acusar a los estudiantes de chulitos pequeñoburgueses que agredían en sus manifestaciones a pobres diablos del lumpen: policías campesinos de Sicilia o Calabria... Y antiabortista visceral muy avant la lettre. Gran poeta en versos e imágenes, ahí están sus «Cenizas de Gramsci» o filmes como «Pajaritos y pajarracos»... Intelectual de honestidad más allá de toda prueba, tras el éxito popular de su «Trilogía de la vida» («Decamerón», «Cuentos de Canterbury» y «Las mil una noches») se despidió con la atroz «Saló...» porque la mentalidad utilitarista-totalitaria moderna había traicionado el espíritu ingenuo y libertario de tres películas que miraban el sexo y la vida sin sentido del pecado.
FERIA DEL ANIVERSARIO
La muerte de J. D. Salinger ha puesto de moda el tema de los artistas que evitan cualquier contacto con el público, bien sea en persona o a través de los medios de comunicación. Se hacen listas: Pynchon, que no habla en televisión; Joseph Beuys, que se envolvía en sábanas para que nadie lo viera; Philip Roth, que se precia de no haber sonreído jamás en una foto. De todos los esquivos que en el mundo han sido, ninguno me fascina tanto como Amedeo Furst. De Furst me habló por primera vez Santiago Gamboa, hace ya mucho tiempo, y me hizo jurar que no revelaría su secreto. Hoy rompo mi palabra, porque conviene que se sepa de él. Amedeo Furst es un gran autor del Cantón Ticino y un artista de tan extrema discreción que no sólo no ha sido fotografiado nunca, sino que nadie lo ha visto jamás. Su caso es tan especial, y llega tan lejos su discreción, que nunca ha querido publicar ningún libro, porque no sólo no quiere que lo vean, sino que tampoco quiere que lo lean, pues para él escribir no es más que una forma sutil de exhibicionismo, en el que incluye incluso a aquellos escritores que, aunque no se dejen ver, cometen la desvergüenza de publicar. Ustedes se preguntarán cómo se ha tenido noticia de las tesis de Furst, o de su nacionalidad, e incluso de su nombre, si nunca las ha escrito ni expuesto de viva voz. Yo también me lo pregunto. En realidad hay quienes sostienen que sus libros sí existen y que son magníficos, pero que nadie está seguro de cuáles son, pues suele publicarlos en editoriales menores y bajo nombres absolutamente anodinos, en oscuros idiomas que muy pocos entienden, como el muinane y el vasco. A mí esto no me consta. Los escritores secretos, en realidad, tienen un modelo importante: el más grande de todos los escritores invisibles es Dios. El Espíritu Santo ha dictado, al oído de apóstoles y profetas, algunos de los más sugestivos textos literarios: versículos del Nuevo Testamento, proverbios de los Salmos, profecías de los mayas, versos del Cantar de los Cantares, suras del Corán… ¿Y quién lo ha visto nunca? Nadie, porque el Altísimo no se deja ver y, en sentido estricto, ni siquiera tiene nombre. Dios es tan famoso, y vive en boca de todo el mundo, tanto de devotos como de detractores, gracias precisamente a su invisibilidad. Los escritores que no se dejan ver se quieren volver invisibles, como Dios, y como Él hablar solamente a través de la Palabra. No hay culto más puro y más profundo que el culto por aquello que no se conoce. Un rostro humano, indudablemente, humaniza. No tener cara ni cuerpo, en cambio, en cierto sentido diviniza. Muchos adoran a los grandes escritores escurridizos, a esos que, de algún modo, viven bajo el burka del anonimato sin rostro, como esas bellas imágenes de Mahoma velado. El mecanismo psicológico de su idolatría, si uno lo piensa bien, es bastante elemental: cuando un escritor, un intelectual, no se siente suficientemente reconocido por los medios, cuando le parece que no hay correspondencia entre la popularidad de unos mediocres y la propia oscuridad (siendo él un genio comparado con tantos deficientes mentales), entonces su predilección, y más aún su devoción, se concentra en esos escritores que, pudiendo ser célebres, se resisten a cualquier aparición mediática, y se esconden en una austera intimidad, rechazando los premios, odiando la televisión, los periódicos, las entrevistas y en general cualquier aparición pública. “Ése sí es un tipo digno, pulcro, discreto; no como otros…”, recalcan los artistas oscuros e incomprendidos. En aquellos que a pesar de ser célebres no se dejan celebrar está su desquite. Aunque éstos sean invisibles voluntarios, los invisibles involuntarios se sienten vengados por los famosos escurridizos. -
2. Cada nueve (tres filas de tres) formarán la década, añadiéndole un jefe, que marchará al lado izquierdo.
3. Hay que saludar con el brazo en alto -vertical- y el puño cerrado, que es un signo de hombría y virilidad. (Cáspita, homofobia.)
4. Es necesario manifestarse en todas partes, aprovechando todos los momentos, no despreciando ninguna ocasión. Manifestarse militarmente para que todas nuestras actuaciones lleven por delante una atmósfera de miedo o de respeto.
5. Cada joven socialista, en el momento de la acción, debe considerarse el ombligo del mundo y obrar como si de él y solamente él depende la victoria.
6. Solamente debe ayudar a su compañero cuando éste ya no se baste a ayudarse por sí solo.
7. Ha de acostumbrarse a pensar que en los momentos revolucionarios la democracia interna en la organización en un estorbo. El jefe superior debe ser ciegamente obedecido, como asimismo el jefe de cada grupo. (Esto parece una fórmula fascista.)
8. La única idea que hoy debe tener grabada el joven socialista en su cerebro en que el socialismo sólo puede imponerse por la violencia, y que aquel compañero que propugne lo contrario, que tenga todavía sueños democráticos, sea alto, sea bajo, no pasa de ser un traidor, consciente o inconscientemente.
9. Cada día, un esfuerzo nuevo, en la creencia de que al día siguiente puede sonar la hora de la revolución.
10. Y sobre todo esto: armarse. Como sea, donde sea y "por los procedimientos que sean". Armarse. Consigna: Ármate tú, al concluir arma si puedes al vecino, mientras haces todo lo posible por desarmar a un enemigo.
Si estas consignas, publicadas en febrero de 1934, tres meses después de la victoria de la derecha pacífica en las elecciones parlamentarias y ocho meses antes de la Revolución de Octubre, las hubiese firmado por ejemplo el cardenal Segura, el juez Garzón lo habría procesado por genocidio.