DEMENCIA, ENGAÑO, RUINA: cine español.
Memorandum de contradicciones o como ser un simbolo sin saber nada de nada y estando todo el día colgado.
Son las cinco de la tarde y Manu confiesa que acaba de levantarse.
"A veces, algún músico se queja. Puede que, tras seis horas de ensayo, hagamos un concierto de tres horas. Además, luego sigue la fiesta y podemos terminar a las siete de la mañana".
"Cuando me sienta demasiado seco o cansado, dejaré la música y estudiaré medicina, para curar dolores musculares, de huesos. Por ejemplo, los que trabajan en un estudio de grabación tienden a terminar con la espalda destrozada y yo sé arreglarlo. Lo hago de forma intuitiva, pero quisiera tener más conocimientos".
Me roban este sábado en mi coche en Lavapies, durante el curro y me quedo sin mi movil atómico. Rompieron dos ventanas. En Haiti aparece esto. Supongo que hay un sitio donde no pasan estas cosas. Mas allá de Marte. Al menos se ha confirmado la demencia de XIRINACS en la misma semana. Algo de certeza tenía que dar a luz en periodos tan oscuros.
RINO CAMMILLERI: LOS MONSTRUOS DE LA RAZÓN. Homo Legens (Madrid), 2007, 228 páginas. MIGUEL GIL.
Al observar esta foto no se que es peor en la herencia de Polanco, si esta foto que evoca el peligro, el miedo sectario o esa pléyade de basuras intelectuales que nos deja de la mano de Maruja Torres, la fusiladora Almudena Grandes, Millas, los propios fotografiados Estefania y Cebrian, Marina... cienes y cienes de ellos.
Un tipo pretendidamente académico ha escrito esta hagiografía del hombre mas poderoso de España desde Franco. No vale reirse: 'Jesús', por JUAN LUIS CEBRIÁN (se le olvida añadir "del gran poder" y no puede evita poner al capo en minuscula y al autor en mayúscula, muy freudiano).
"Todos sabíamos que pertenecía a la estirpe de los que mueren con las botas puestas"... y tu te las llevas, cara dura.
Del Olmo la lía: Auto del juez (pdf).
Álbum: 30 años de 'El Jueves'
Las cartas que escribió en la Torre de Londres, donde había sido encarcelado por no jurar el Acta de Sucesión, o mejor, por no aceptar completamente el Acta de Sucesión, que reconocía como herederos legítimos de Enrique VIII a los hijos de éste y de Ana Bolena, son comparables con la Apología de Sócrates de Platón. La superioridad moral del condenado, como han dicho cientos de comentaristas, contrasta con la insignificancia de sus jueces. Los lores, las universidades, los obispos y el Parlamento prestaron juramento de obediencia al Acta de Sucesión, pero Moro se negó en rotundo; pues, aunque estaba dispuesto a reconocer a los hijos de Ana Bolena como herederos al Trono, no aceptó la nulidad del primer matrimonio del Rey con la española Catalina de Aragón ni hizo rechazo de la obediencia al Papa, como exigía el Acta. A nada de eso se sometió Moro; sencillamente, porque no quería traicionar a su conciencia. Se trataba nada más y nada menos que de un asunto de conciencia. Por fidelidad a su conciencia, Moro no se sentía obligado a dar "fe, fidelidad y obediencia sólo a Su Majestad el Rey, y no a ninguna otra autoridad o potentado extranjero", o sea al Papa. La carta que Moro escribe a su hija el 17 de abril de 1534 es precisa. Su lección moral y, por supuesto, política para quienes creen que su conciencia está por encima de otras imposiciones sigue vigente: Les expliqué que no era mi intención criticar el Acta o a su autor, ni tampoco el juramento o a ninguno de los que lo habían aceptado, ni condenar la conciencia de cualquier otro hombre. Pero, por lo que a mí se refería, en buena fe, mi conciencia de tal manera me movía en el asunto que, aunque no me negaría a jurar la Sucesión, no podía aceptar el juramento que ahí se me ofrecía sin poner mi alma en peligro de condenación eterna. Y que si dudaban que mi rechazo del juramento se debía tan sólo a cierta intranquilidad de mi conciencia o a algún otro capricho, estaba dispuesto a darles satisfacción en eso bajo juramento. Pero si no se fiaban de mí, entonces, ¿qué sentido tenía darme cualquier tipo de juramento? Y si pensaban que iba a jurar la verdad, confiaba entonces que por su buena voluntad no me harían tomar el juramento que me ofrecían, al percibir que hacerlo iba contra mi conciencia. Tomás Moro fue, pues, ejecutado por fidelidad a su conciencia. Y también por su conciencia fue elevado a los altares: Si no había ningún otro de mi parte sino yo solo, y todo el Parlamento de la otra, debería entonces temer mucho inclinarme hacia mi propia opinión sola contra tantos. Pero de otro lado, si en algunas cosas por las que rechazo el juramento tengo de mi lado (como creo tener) un consejo tan grande y más grande todavía, entonces no estoy obligado a cambiar mi conciencia y conformarla con el consejo de un reino en contra el consejo general de la Cristiandad. ¿Cristiandad? Sí, sí; Moro se refiere ahora al cristianismo sobre todo como una experiencia histórica. También en esto es actual. Contra quienes quieren reducir a algo insignificante la historia del cristianismo, Moro, como después harán Hegel y Bloch, muestra que la esperanza cristiana no es una apuesta más o menos razonable sino una experiencia histórica, que tiene su fundamento en la experiencia de la vida, muerte y resurrección de Cristo. Así pues, si es en el ámbito de la historia donde el cristianismo se hace relevante, entonces resulta imposible estudiar la historia de Europa, quizá la historia del mundo, sin el cristianismo, según le gustaría hacer al salvajismo "laicista" y postmoderno. En este punto, no puedo dejar de reconocer que he leído estas cartas, en algún caso releído, bajo la influencia de esos padres y alumnos que han planteado reparos de conciencia a esa nueva asignatura impuesta por el Gobierno de Zapatero que se conoce por el nombre de "Educación para la Ciudadanía". En otras palabras, si la objeción de conciencia expresada por estos ciudadanos participa de una pizca de la que llevó a la muerte a Moro, entonces doy por finiquitada la nueva materia ministerial. La edición de estas cartas de Moro es magnífica. Creo que están las mejores. Algunas son auténticas crónicas de su tiempo, especialmente de su encarcelamiento, proceso y condena a muerte. En todo caso, estas cartas serán inolvidables por la firmeza de Moro a la hora de defender su conciencia de católico. La selección es magnífica, el análisis histórico más que bueno y la edición, repito, de primera calidad; porque no sólo se presentan todas las cartas en versión bilingüe (latín-español e inglés-español), es que las anotaciones, a veces, alcanzan la calidad de una edición crítica. © Copyright Libertad Digital ANNA SARDARO: LA CORRESPONDENCIA DE TOMÁS MORO. ANÁLISIS Y COMENTARIO CRÍTICO-HISTÓRICO. Eunsa (Pamplona), 2007, 297 páginas.
Esbozado a pinceladas de diestro caricaturista, el célebre iluminado que encandiló a muchos incautos y esnobs en su exilio parisino, aparece en estas páginas como una irresistible sanguijuela beoda, esquilmando las bolsas y las almas de sus seguidores, entre los que, por sorprendente que parezca, junto a gentes incultas y desprevenidas fáciles de engatusar, había intelectuales y personas leídas que tomaron la verborrea confusionista de Gurdjieff por una doctrina que garantizaba el conocimiento racional y la paz del espíritu. Retrata al místico negociante como un beodo propietario de un galimatias inescrutable. Tremendo.
Dicen que nada en Revel es recto, excepto su pensamiento. Con la razón y la libertad se construyó al término de un recorrido caótico y a veces doloroso, un camino decididamente personal, al margen de las instituciones, las modas y los prejuicios, abierto al gran horizonte, asumiendo deliberadamente el riesgo. Nada se deriva de la evidencia. Todo son líneas quebradas y rupturas. Ruptura con su familia, y sobre todo con su padre, a través de su compromiso con la Resistencia. Ruptura con la religión y con cualquier forma de dogma después de su rocambolesco camino junto a la secta de Gurdjieff. La Herencia de Gurdjieff ha destruido muchas vidas espirituales pero en el caso de Revel no le impedía reservar la posibilidad de la fe, como muestra el diálogo con su hijo Matthieu, convertido al budismo (Budismo y Política: fiesta de opium y éxtasis)
Isabel II es.