martes, octubre 07, 2008

El Dios salvaje - Al Alvarez - Carlos Bernatek

Es así como a la luz de "El mito de Sísifo", de Albert Camus; "El suicidio, un estudio sociológico", de Emile Durkheim, y "Suicidio e intento de suicidio", de Erwin Stengel, obras rectoras de su texto, A. Alvarez indaga el tema desde la mitología griega, el imperio romano, el cristianismo primitivo, la edad media, el renacimiento, el racionalismo, el romanticismo, el dadaísmo, en una intensa (y a veces anárquica) sucesión hasta llegar a los autores contemporáneos. Desplegando una erudición que no mella la coloquialidad del ensayo, Alvarez brinda un amplio espectro del tema desde lo sociológico, apuntalado por permanentes citas y acápites, más una detallada bibliografía en su apéndice de notas.
Pero la historia persistente que inicia el libro _y en esto cabe acotar que el autor es también novelista_ es la de Sylvia Plath, que sobrevuela permanentemente el texto por su violenta intensidad. Pareciera, por momentos, que se trata de dos libros subsumidos en uno, porque A. Alvarez _frustrado suicida_ declara en el prefacio: "Sólo después de que Sylvia se quitara la vida me di cuenta de que, por más quee yo estuviera convencido de comprender el suicidio, no sabía nada de ese acto. Este libro es un intento por descubrir por qué suceden ese tipo de cosas". Esta fuerte impresión y la empatía que el autor establece con la poeta (también como Alvarez, novelista), dan origen a este libro duro e interesante.
Plath, autora entre otros de "El coloso", "La campana de cristal" y "Estudios del natural", ilumina el prólogo de "El dios salvaje", donde A. Alvarez describe su historia con una proximidad entrañable, magníficamente ejemplificada con fragmentos de los poemas de Plath. El crescendo del proceso de deterioro personal que coincide con la mayor brillantez y despojamiento en la poética de la autora, está descripto de un modo magistral. Alvarez señala: "La autoridad de su poesía reposaba en una valerosa insistencia en seguir el hilo de la inspiración hasta la cueva del minotauro". Tampoco elude el autor un íntimo remordimiento por haber abandonado a Plath en su momento de mayor flaqueza, ante lo que podría mencionarse como la crónica de un suicidio anunciado. La descripción de los patéticos detalles de la consumación torna conmovedor y sincero al relato en que Alvarez se compromete hasta el extremo de la desesperación.
En los capítulos siguientes, "Las premisas", "Falacias" y "Teorías", el libro parece recomenzar desde otro lugar más distante, abundando en la reseña histórico- sociológica y estadística, en fundadas opiniones que apuntalan el carácter ensayístico del texto crítico, pero sin abandonar la narratividad que caracteriza al novelista. Alvarez describe en detalle el desvarío y el ultraje histórico ante las condenas a que eran sometidos aún los cadáveres de los suicidas; abunda sobre el origen de la condena religiosa, política, social y económica a los suicidas y sus familiares, como la motivación supersticiosa y primitiva de esta persecución. Señala el autor innumerables ejemplos, remarcando el primer suicidio literario: el de Yocasta, madre de Edipo, para denotar luego las condenas pitagórica y aristotélica, tanto como las justificaciones socrática y platónica. Rebate el autor infinidad de teorías y supuestos que se han desarrollado a modo de justificaciones explicativas en cambiantes períodos de la historia. En el capítulo titulado Los sentimientos, desarrolla la cuestión más literaria y biográfica abordando de Voltaire a Pavese, pasando por Dostoievsky, Auden, Conrad, Artaud, Camus.
En Dante y la Edad Media, Alvarez desarrolla el concepto del castigo y la persecución al suicida, la mutación del tema del pecado y la condenación en el medioevo. "Yo levanté en mi casa mi cadalso", apostrofa el Dante, en tanto el autor señala: " Lo que la Iglesia condena no hay poesía que pueda exonerarlo ".
John Donne y el Renacimiento, prosigue con los saltos temporales del autor. Luego de enumerar los catorce suicidios en ocho obras en que abunda Shakespeare, relata la peripecia de Donne, pariente de Tomás Moro, quien escribe en 1608 "Biathanatos", la primera defensa inglesa del suicidio en una suerte de existencialismo cristiano primigenio, precursor de Kierkegaard. El capítulo finaliza con Robert Burton, autor suicida de "Anatomía de la melancolía" (1621), best seller de su tiempo, que junto con Donne replantean el tema contra el prejuicio de la época. En un mismo registro, Alvarez frecuenta a Cowper, Chatterton (el suicida literario más celebre de la historia), Hume ("Para el universo, la vida de un hombre no es más importante que la de una ostra"), Coleridge, el Werther de Goethe, Byron, Keats y otros autores destacados, para arribar a dadá y el surrealismo, Eliot y Maiacovsky y, en apretada síntesis, de nuevo a Plath.
En el epílogo, titulado "Abandonarse", Alvarez hace una pormenorizada descripción de su propia experiencia ante el suicidio en un análisis puntual de su intento fallido. Resurge en este tramo de la obra su identificación con Plath. La narración de tono descarnado, distante diez años en el tiempo del relato, elude todo efectismo, conmiseración o golpe bajo, llevando la exposición personal a un sitio impensado para un ensayo temático. Y es tal vez esta mirada reflexiva la que gobierne la originalidad de este libro atípico.
El Dios salvaje - Al Alvarez - Carlos Bernatek

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