sábado, septiembre 26, 2009

Herralde según Arcadi, hoy en EL MUNDO.

Herralde ha sido el gran editor de nuestro tiempo. Lara y él, cada uno con su público. Los dos catalanes. Herralde, un burgués parcialmente trastocado en bohemio, un BoBo (él debió publicar BoBos en el paraíso, la crónica, a ratos muy aguda y desopilante de David Brooks), editó para la gente de izquierdas; Lara, un inmigrante andaluz y vendedor de galletas muy hecho a sí mismo, editó para la gente de derechas. Uno ha sido el editor culto y el otro el editor popular. Pero Herralde, obviamente, ha monopolizado el glamour. Promediados los setenta un joven intelectual español tenía dos sueños normativos. El primero publicar artículos en El País; el segundo, publicar libros en Anagrama. Esto ha sido así hasta el umbral mismo de esta fiesta que se anuncia tan estupenda: hasta el umbral del estallido y la fragmentación. Herralde ha sido el último maître à penser de la edición española, el único que, ¡con Lara!, puede presumir de que sus lectores compraban libros por la marca. Es decir, sin conocer al autor; o lo que a veces ha sido mucho peor, y realmente sorprendente: conociéndolos. Herralde, como cualquier editor, ha publicado libros mediocres y malos; pero su singularidad, característica de los editores de marca, ha sido la insistencia en algún autor irrisorio. Como es de ley en estos casos, los anagramáticos atribuíamos la insistencia a un defecto de percepción propio… y comprábamos el siguiente libro del irrisorio, tratando de mejorarla. No había manera; pero también así se fue llenando la caja.
Ahora bien: lo que sobre todo ha publicado la marca Herralde, fruto del talento, el olfato y el magnetismo, han sido libros buenos. Estarás de acuerdo. Naturalmente me refiero a la faction, que según cálculos del editor supone un tercio de su producción. Una distinción que, de todos modos, no ha respetado las colecciones. En Panorama de Narrativas o en Narrativas Hispánicas (colecciones dedicadas aparentemente a la novela) ha publicado muchas veces faction y de gran calidad. Así, los dos libros de Emmanuel Carrère,
El adversario y Una novela rusa; el de Millet, La vida sexual de Catherine M; el fragmento autobiográfico de Marcos Ordóñez, Una vuelta por Rialto; Felices como asesinos, de Gordon Burn; el Koba, de Martin Amis, el Oswald de Mailer; el reportaje de Yasmina Reza sobre Sarkozy, El alba la tarde o la noche. Supongo que las razones han sido comerciales, porque la gente, tan peculiar, es capaz hasta de tragarse la verdad siempre que le digan que es ficción. A los jansenistas (por el elegante bañador que solemos utilizar al atardecer) nos sucede lo contrario: sólo tragamos ficción si nos aseguran que es cierta.
De ahí que del catálogo de Herralde aprecie especialmente las colecciones Argumentos, Contraseñas y Crónicas y también sus parientes lejanos y rojísimos, aquellos Documentos. A causa de uno de sus títulos, Los Tupamaros, Herralde fue procesado (aunque se benefició del indulto Matesa) por el siniestro Tribunal de Orden Público, el top del franquismo. Aunque el adjetivo que, comentando esta historia en una memoria reciente de su labor editorial, puso a los
terroristas tupamaros («imaginativos guerrilleros urbanos» los llamó), merece desde luego procesarse. Para hablar de esas colecciones debo ponerme de pie. Por respeto, desde luego. Pero también porque es muy agradable caminar por la playa de los libros.
Los lomos coloreados de los wolfes, su antología
El Nuevo Periodismo, y el impresionante Lo que hay que tener, que ha sido lo mejor que ha escrito hasta el día de hoy. Thompson y su asco y su miedo en Las Vegas, Southern y su marihuana y hasta Bukowski y su máquina folladora: aunque tengo dudas, te confesaré, sobre si esos libros eran mejores que el interés que poníamos en amarlos. La larguísima hilera de los Kapuscinski. Al principio Herralde vendió 700 ejemplares de El Emperador, que es el que él y yo preferimos; hasta que con el mediocre Ébano todo se desbordó. El desborde vino, desde luego, cuando Kapuscinski había dejado de ser periodista para convertirse en un predicador que les decía a los jóvenes aprendices de su oficio que debían ser bondadosos si querían ser buenos. Pasiones en Kenia, orgulloso y solo, por el que yo siento muchísimo aprecio. El editor lo olvida ignominiosamente en esa memoria de la que hablaba: hace mal, porque el libro, que fue escrito a medias por James Fox y Cyril Connolly (a este último la muerte le obligó a dejarlo), es uno de los grandes que ha publicado. No voy a dejarme A sangre fría, por supuesto: es una prueba asombrosamente profunda de cuánto enseñan los libros malos. Ahí están también los dos franceses que encauzaron mi vida. El primero Alain Finkielkraut, y La derrota del pensamiento. Y luego Pascal Bruckner: La tentación de la inocencia. Hugues, por supuesto, ¡iba a olvidarlo con lo que todavía gruñe!: La cultura de la queja, cada día más presente.
Me sentaré y acabaré la carta. Es difícil que me ponga a pensar en Herralde y en su época sin recordar aquella foto disoluta de Colita en que aparece sentado a la mesa de su despacho, hojeando unos trámites, mientras
las gauchedivines Coral Majó y Ana Bohigas, travestidas de secretarias, están escribiendo a máquina con la eficiente pompa de su culo en primer plano. Esa foto ya era una provocación en el momento en que fue tomada, pero no te digo qué sería hoy. Lo importante es que la hizo una mujer, feminista militante, pero cargada de sentido del humor. Superpongo mentalmente esa foto sobre el riquísimo catálogo de Anagrama. Da idea de una de sus características: una suave pero eficaz incorrección. Un catálogo editorial de ese tamaño y mantenido a lo largo de cuarenta años es algo más que una propuesta literaria. Alude a un orden estético, cívico y moral. De algún modo, sostengo, dibuja el lugar donde el editor querría vivir. Abre el catálogo y obsérvalo: brillante, irónico, culto, ambicioso y trabajado. Compáralo y verás qué poco se parece a España. En este sentido la superioridad del editor Lara ha sido manifiesta.

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