sábado, julio 21, 2007

Mojando el pan en la sangre

El autor de este saco de bobadas, o sea yo mismo, no puede encontrar satisfacción en la muerte de tan importante hacedor de empleos. Yo, al contrario que él, no negaré una calle a su memoria ni una beca con su nombre, o destruiré sus logros. Lo que si se hizo su gente con su beneplácito a Campmany, a Loyola de Palacio, al Juez Gomez de Liaño. Intimamente si puedo decir que me siento hoy mas libre, mas seguro. Ya nos joderá Cebrián.
  • Fallece Jesús de Polanco, presidente del Grupo PRISA
  • Zapatero: "Un hombre hecho a sí mismo, con mucho coraje, decisivo en la consolidación de las libertades públicas". Es Zapatero, no es humor. No sabe quienes son los Barreiros, Fraga, o el mismo Opus Dei, a traves de su gran valedor Ricardo Díez Hochleitner, en la trayectoria del difunto.

    Al observar esta foto no se que es peor en la herencia de Polanco, si esta foto que evoca el peligro, el miedo sectario o esa pléyade de basuras intelectuales que nos deja de la mano de Maruja Torres, la fusiladora Almudena Grandes, Millas, los propios fotografiados Estefania y Cebrian, Marina... cienes y cienes de ellos.

    Un tipo pretendidamente académico ha escrito esta hagiografía del hombre mas poderoso de España desde Franco. No vale reirse: 'Jesús', por JUAN LUIS CEBRIÁN (se le olvida añadir "del gran poder" y no puede evita poner al capo en minuscula y al autor en mayúscula, muy freudiano).

    "Todos sabíamos que pertenecía a la estirpe de los que mueren con las botas puestas"... y tu te las llevas, cara dura.

El testimonio de Simone Weil por Agapito Maestre y yo mismo





Simone Weil: Escritos históricos y políticos. Trotta


He intentado leer varias veces el libro de Sylvie Cortine-Denamy Tres Mujeres En Tiempos Sombríos. Dicen que fue el sospechoso Brecht quien acuñó el término 'tiempos sombríos'  para referirse a la década de 1933 a 1943. Y es que duele asistir a las vicisitudes de estas tres damas entregadas en soledad a sus hercúleas causas morales con semejante heroicidad, bajo el estigma añadido de ser judías y filósofas. Un artículo del gran Agapito Maestre sobre este libro de Trotta me hace revisitar las tres gigantescas figuras. Todas mantuvieron una relación muy estrecha con sus mentores (Alain, Jaspers y Heidegger) pero siempre desde el plano de la disquisición mas rigurosa, el intercambio de ideas igualitario y, en ocasiones, la disputa mas recia. No necesitaron la tutela de nadie, ni el amparo de ninguna institución del estado. Las tres fueron mentes brillantes desde la infancia. Ninguna abandonó jamas la defensa del pueblo judío.


Edith Stein, reconocida como autora de La ciencia de la cruz, era alumna de Husserl. Se convirtió al catolicismo (fue decisiva en su vida la figura de San Juan de la Cruz) y se hizo monja, uniéndose al Carmelo. En 1998, fue canonizada por Juan Pablo II y la convirtió en Santa Teresa Benedicta de la Cruz. Era la primera vez en la historia que se convertía en santa a una judía. Para gran dolor del feminismo actual dedicó grandes esfuerzos a la lucha por los derechos de las mujeres, pero apenas si consta en el imaginario progresista por esta labor. Pereció en Auschwitz en 1942. Merece varios volúmenes.


Hannah Arendt, nacida Johanna Arendt, es la única que sobrevive a la oscura década. Es la que más ejerce la política. Destaca como un extraordinario talento desde su rebelde primera juventud. El régimen nacionalsocialista le retiró la nacionalidad en 1937 (tras encarcelarla brevemente en 1933), por lo que fue apátrida hasta que consiguió la nacionalidad estadounidense en 1951. Sus días terminaron en 1975 en Nueva York. Su intensa relación con el gran filósofo del siglo XX, Martin Heidegger, llena de admiración, respeto, crítica feroz (su admirado maestro se posicionó cerca del nazismo) y casi enamoramiento, es lo mas conocido de ella para el gran público. Su obra sobre el fin del nazismo (esencial su retrato del célebre juicio en Eichmann en Jerusalén ) y la banalidad del mal aporta una visión analítica, fría (criticó duramente la actitud de los propios consejos judíos en connivencia con Eichmann en los campos de exterminio) acerca de la condición humana. Su obra magna, que la situa entre los pensadores mas relevantes del siglo es Los orígenes del totalitarismo. Mantuvo también una intensa relación académica con Karl Jaspers en torno a la alemanidad y el sionismo como opciones vitales. Mantuvo viva su lucha política en defensa del pueblo judío (siempre desde el análisis incómodo) y su pasión  filosófica hasta el final.



Y llegamos a la mujer que propicia estas lineas.

Hay quien dice que Simone Weil, se deja morir en un hospital inglés cuando en abril de 1943 se le diagnostica tuberculosis. Este desenlace explica mucho de la identidad de esta mujer. Se niega a consumir los alimentos que su enfermedad recomienda y muere el 24 de agosto, a los 34 años. Simone había huido hacia los Estados Unidos con su familia. Era 1942 y la ocupación alemana triunfaba en Francia. Weil pasó un tiempo en Harlem viviendo con los pobres. Luego retornaba hasta Londres y se unía a la resistencia francesa. Se sometió a una gran intensidad de trabajo y sacrificio. En 1943 contrajo tuberculosis.  Weil se negó a recibir un trato diferente al que consideraba propio de los franceses sometidos a la ocupación alemana. Rechaza la comida que se le ofrecía y muere ese verano de insuficiencia cardíaca a los 34 años en el sanatorio británico de Kent.

El certificado de defunción decía: “la difunda se mató al negarse a comer al sufrír de trastornos mentales”. Se había negado a alimentarse como expresión de solidaridad hacia las víctimas de la guerra. Otros piensan que Weil murió de hambre luego de haber leído a Schopenhauer y sus capítulos sobre ascetismo y sacrificio santo (tal vez Parerga y Paralipómena). Las cartas del personal médico explicaban que Weil había pedido comida varias veces y que había comido días antes de morir y que fue la fragilidad de su salud la que impidió que Weil pudiera alimentarse adecuadamente. Falleció siendo una completa desconocida como autora.


Weil fue una estudiante precoz, como Stein y Arendt.  La pasión obsesiva acompañaba todos sus empeños. Así 1915, con seis años, no quiso tomar azúcar en solidaridad con las tropas atrincheradas en el frente occidental. En 1919, a los diez años, se declaró bolchevique. A los 12, dominaba el griego antiguo. Aprendió sánscrito luego de leer el Bhagavad Gita. Con dieciocho años se involucró en el movimiento de los trabajadores y se consideraba marxista, pacifista y gremialista. Se crió en un entorno intelectualmente privilegiado, con un padre médico y un único hermano, André Weil, que se convertiría en uno de los más prominentes matemáticos del siglo XX. A pesar de pertenecer a una familia intelectual, hebrea/judía y agnóstica, siempre sintió un gran interés por las religiones y las tradiciones en materia de sabiduría trascendente. Ese afán por la espiritualidad no resultó incompatible con lo cotidiano, con su lucha política en favor de trabajadores.


Tras estudiar filosofía y literatura clásica al abrigo del célebre Alain (Émile Chartier, un mentor que la llamaba la “virgen roja” e incluso “la marciana”). a los 19 años ingresa, con la calificación más alta, seguida por Simone de Beauvoir, en la Escuela Normal Superior de París. Se gradúa a los 22 años y comienza su carrera docente.


“Me intrigaba por su gran reputación de mujer inteligente y audaz. Por ese tiempo, una terrible hambruna había devastado China y me contaron que cuando ella escuchó la noticia lloró. Estas lágrimas motivaron mi respeto, mucho más que sus dones como filósofa. Envidiaba un corazón capaz de latir a través del universo entero”.  Simone de Beauvoir

Conoce a León Trotsky en París, con quien discute sobre la situación rusa, Stalin (se convirtió en antistalinista) y la doctrina marxista. A los 25 años, deja un tiempo su carrera docente e ingresa como obrera en Renault para conocer de primera mano el sentido de su vocación sindical. Su débil condición física forzó la renuncia tras unos meses. "Allí recibí la marca del esclavo", dirá . En 1935, retomó la enseñanza y donó gran parte de su salario a las causas políticas y las causas benéficas. Allí se significa como Sindicalista de la educación. 
Su lucha ideológica sufre un duro e íntimo revés cuando en 1936 decide unirse a las tropas republicanas españolas en completa contradicción con sus creencias pacifistas. Aunque Simone Weil se identificaba entonces como anarquista, el rechazo de la fuerza es una constante de su pensamiento. Y si tuvo al comienzo una percepción moderada sobre la no-iolencia preconizada por Gandhi  siempre tendrá presente a Lanza del Vasto. Empieza como periodista voluntaria en Barcelona y se incorpora al combate armado en Aragón. Su compromiso con la columna Durruti le deja un amargo sentimiento. Aprende a usar el fusil pero nunca se atreve a dispararlo.  Tras quemarse en la cocina deja España. Los horrores de la guerra llevan a la heroina a la profunda desilusión con las ideologías. Tomó conciencia de que el comunismo llevaba a la formación de dictaduras. Se inicia una visión  desideologizada de los conflictos humanos. Crítica ejemplar es su comparación entre el comunismo y el nacionalsocialismo: 
"Por sorprendente que pueda parecer, se encuentran semejanzas tan sorprendentes entre el movimiento hitleriano y el movimiento comunista que después de las elecciones la prensa hitleriana ha tenido que dedicar un largo artículo a desmentir el rumor de conversaciones entre hitlerianos y comunistas con vistas a un gobierno de coalición."


La entonces voluntaria anarquista Simone Weil, después del 19 de julio, reconoce que la mentira organizada también existe. La ocultación del crimen por razones de ideologización de los revolucionarios republicanos  (con la ayuda de la NKVD, el GRU y el amparo moral del propio Hemingway) es denunciada por Weil ya en 1936.  Su crítica no se dirige a los comunistas y socialistas, que aplicaban los mismos métodos que Lenin en Rusia durante la guerra civil para imponer la revolución, sino a sus compañeros anarquistas:

"Por desgracia también aquí en Cataluña vemos producirse formas de coacción, casos de inhumanidad directamente contrarios al ideal libertario y humanista de los anarquistas (...) Aquí se da la coacción militar. A pesar de la afluencia de voluntarios, se ha decretado la movilización (...) Hay constricciones en el trabajo. El consejo de la Generalitat, en el que nuestros camaradas detentan los ministerios económicos, acaba de decretar que los obreros que no produzcan con un ritmo determinado serán considerados como rebeldes y tratados como tales; lo cual significa, ni más ni menos, la aplicación de la pena de muerte en el sector de la producción industrial. 
Por lo que atañe a la coacción policial, la policía anterior al 19 de julio ha perdido casi todo su poder. Por el contrario, durante los tres primeros meses de la guerra civil, los militantes responsables y, con demasiada frecuencia, algunos individuos irresponsables, han venido ejecutando fusilamientos sin mediar el más mínimo simulacro de juicio y, por lo tanto, sin que pudiera darse algún control sindical o de cualquier otro orden." 

Durante la última parte de su vida, sólo fue capaz de entenderse intelectualmente con sacerdotes católicos. Su obra se gestará en un permanente vínculo con el cristianismo. Su camino de perfección es como siempre ovsesivo, y de tal exigencia que no llega a bautizarse por no considerarse digna de tal grandeza. Weil no tuvo formación judía alguna. Sus escritos religiosos son netamente cristianos, si bien sumamente heterodoxos, muy cercanos al gnosticismo cristiano, al catarismo. 


Tres grandes ideas vertebran su pensamiento: 1) sólo es posible pensar de verdad a contracorriente; 2) nada es compresible intelectualmente si no pasa por nuestra constitución ontológica: el sufrimiento; 3) quien desprecia la religión no sólo se instala en el oscurantismo, sino que trabaja a favor del totalitarismo. Persigue la reconciliación entre la modernidad y la tradición cristiana, tomando como brújula el humanismo griego. 

Es en este período final de su breve vida que encuentra el mensaje evangélico de Jesús de Nazareth. Es un descubrimiento como el de San Pablo en el camino de Damasco o el de Blas Pascal la noche del Memorial. 


Con los textos de Weil, comprobamos que España vivía antes del 18 de julio de 1936 una situación de violencia prerrevolucionaria, muy lejos de la idea de una república burguesa plenamente asentada en un ejemplar Estado de Derecho. A pesar de la violencia que soportaba la nación española, la fuerza de la propaganda republicana convirtió el Alzamiento en un acto singular y único de criminalidad, surgido de la mente perversa de unos pocos, contra una república idílica y pacífica. La realidad muestra lo contrario: que el Alzamiento, el golpe de Estado, surgió en un contexto de violencia revolucionaria generalizada y obtuvo el respaldo de millones de españoles. Los voceros de la propaganda republicana cuestionan la realidad apelando a múltiples formas de engaño. Un elemento central de esa propaganda consiste en resaltar que los intelectuales estuvieron con el Gobierno de la República. 
"Abandoné España a mi pesar y con la intención de regresar; más tarde no hice nada, tras decidirlo así voluntariamente. No sentía ninguna necesidad interior de participar en una guerra que ya no era, como me había parecido en un principio, una guerra de campesinos hambrientos contra los propietarios de las tierras y un clero cómplice de los latifundistas, sino una guerra entre Rusia, Alemania e Italia. He reconocido ese olor de guerra civil, de sangre y de terror que desprende vuestro libro; yo lo había respirado (...) Una última historia; ésta de la retaguardia: dos anarquistas me contaron en una ocasión cómo, con algunos camaradas, habían cogido a dos sacerdotes; mataron a uno allí mismo, en presencia del otro, de un pistoletazo, y luego le dijeron al otro que podía irse. Quien me contó la historia se extrañó enormemente de no verme reír. En Barcelona las expediciones de castigo mataban a una media de cincuenta personas cada noche (...) Mas las cifras no pueden ser lo esencial en casos así. Lo esencial es la actitud ante el asesinato. Nunca vi, ni entre los españoles, ni tampoco entre los franceses venidos ya para combatir, ya para pasearse –estos últimos solían ser intelectuales tiernos e inofensivos–, jamás vi –decía– a nadie expresar ni tan siquiera en la intimidad una muestra de repulsión, hastío o desaprobación (...) Hombres aparentemente valerosos (...) contaban con una sonrisa fraternal cuántos habían matado entre sacerdotes y "fascistas" (palabra que se utilizaba en un sentido extremadamente lato). Albergué el sentimiento de que, mientras las autoridades espirituales y temporales sigan estableciendo una categoría de seres humanos al margen de aquellos cuya vida tiene un valor, no hay nada más natural para el hombre que matar." 

SIMONE WEIL: ESCRITOS HISTÓRICOS Y POLÍTICOS. Trotta (Madrid), 2007, 539 páginas.

Estás muy tonto

Del Olmo la lía: Auto del juez (pdf).

domingo, julio 15, 2007

Visita a Juan y su amigo no-face

Sábado 14 de julio. Salamanca.
El golfo de Juanito y mi primo Toñuco.

LA CORRESPONDENCIA DE TOMÁS MORO. Reseña de Agapito Maestre

Sto. Tomás Moro sigue siendo un hombre ejemplar, por muchas razones. Pero si tuviera que elegir una entre todas las que se han proclamado a lo largo de la historia, me quedaría con la que habla de la coherencia entre su vida y su pensamiento, que aún hoy es un horizonte moral y político para quienes se dedican al servicio público. Acaso ésa fuera la principal causa por que Juan Pablo II lo nombró, en 2000, patrón de gobernantes y políticos. Su obra más destacable es Utopía, que representa un enriquecimiento al legado de la Humanidad. La redactó durante una de las misiones asignadas por el rey en Amberes..Uno de sus inspiradores fue su íntimo amigo Erasmo de Rotterdam..
En todo caso, parece obvio que este hombre ha pasado a la historia del pensamiento cristiano, aparte de por haber escrito la Utopía, una nueva fundamentación de la esperanza moderna, tras el Descubrimiento de América, por haber defendido su conciencia por encima de cualquier otra consideración espiritual y material.
Tomás Moro fue condenado a muerte por Enrique VIII. Éste ordenó ejecutarlo no tanto porque aquél no le sirviera lealmente, sino porque fue más fiel a su propia conciencia. Moro representa, por encima de todo, al político de principios que paga con su vida la fidelidad a la propia conciencia. Santo Tomás Moro es, sin duda alguna, el Sócrates de la modernidad cristiana.
Las cartas que escribió en la Torre de Londres, donde había sido encarcelado por no jurar el Acta de Sucesión, o mejor, por no aceptar completamente el Acta de Sucesión, que reconocía como herederos legítimos de Enrique VIII a los hijos de éste y de Ana Bolena, son comparables con la Apología de Sócrates de Platón. La superioridad moral del condenado, como han dicho cientos de comentaristas, contrasta con la insignificancia de sus jueces.
Los lores, las universidades, los obispos y el Parlamento prestaron juramento de obediencia al Acta de Sucesión, pero Moro se negó en rotundo; pues, aunque estaba dispuesto a reconocer a los hijos de Ana Bolena como herederos al Trono, no aceptó la nulidad del primer matrimonio del Rey con la española Catalina de Aragón ni hizo rechazo de la obediencia al Papa, como exigía el Acta.
A nada de eso se sometió Moro; sencillamente, porque no quería traicionar a su conciencia. Se trataba nada más y nada menos que de un asunto de conciencia. Por fidelidad a su conciencia, Moro no se sentía obligado a dar "fe, fidelidad y obediencia sólo a Su Majestad el Rey, y no a ninguna otra autoridad o potentado extranjero", o sea al Papa. La carta que Moro escribe a su hija el 17 de abril de 1534 es precisa. Su lección moral y, por supuesto, política para quienes creen que su conciencia está por encima de otras imposiciones sigue vigente:
Les expliqué que no era mi intención criticar el Acta o a su autor, ni tampoco el juramento o a ninguno de los que lo habían aceptado, ni condenar la conciencia de cualquier otro hombre. Pero, por lo que a mí se refería, en buena fe, mi conciencia de tal manera me movía en el asunto que, aunque no me negaría a jurar la Sucesión, no podía aceptar el juramento que ahí se me ofrecía sin poner mi alma en peligro de condenación eterna. Y que si dudaban que mi rechazo del juramento se debía tan sólo a cierta intranquilidad de mi conciencia o a algún otro capricho, estaba dispuesto a darles satisfacción en eso bajo juramento. Pero si no se fiaban de mí, entonces, ¿qué sentido tenía darme cualquier tipo de juramento? Y si pensaban que iba a jurar la verdad, confiaba entonces que por su buena voluntad no me harían tomar el juramento que me ofrecían, al percibir que hacerlo iba contra mi conciencia.
Tomás Moro fue, pues, ejecutado por fidelidad a su conciencia. Y también por su conciencia fue elevado a los altares:
Si no había ningún otro de mi parte sino yo solo, y todo el Parlamento de la otra, debería entonces temer mucho inclinarme hacia mi propia opinión sola contra tantos. Pero de otro lado, si en algunas cosas por las que rechazo el juramento tengo de mi lado (como creo tener) un consejo tan grande y más grande todavía, entonces no estoy obligado a cambiar mi conciencia y conformarla con el consejo de un reino en contra el consejo general de la Cristiandad.
¿Cristiandad? Sí, sí; Moro se refiere ahora al cristianismo sobre todo como una experiencia histórica. También en esto es actual. Contra quienes quieren reducir a algo insignificante la historia del cristianismo, Moro, como después harán Hegel y Bloch, muestra que la esperanza cristiana no es una apuesta más o menos razonable sino una experiencia histórica, que tiene su fundamento en la experiencia de la vida, muerte y resurrección de Cristo.
Así pues, si es en el ámbito de la historia donde el cristianismo se hace relevante, entonces resulta imposible estudiar la historia de Europa, quizá la historia del mundo, sin el cristianismo, según le gustaría hacer al salvajismo "laicista" y postmoderno. En este punto, no puedo dejar de reconocer que he leído estas cartas, en algún caso releído, bajo la influencia de esos padres y alumnos que han planteado reparos de conciencia a esa nueva asignatura impuesta por el Gobierno de Zapatero que se conoce por el nombre de "Educación para la Ciudadanía". En otras palabras, si la objeción de conciencia expresada por estos ciudadanos participa de una pizca de la que llevó a la muerte a Moro, entonces doy por finiquitada la nueva materia ministerial.
La edición de estas cartas de Moro es magnífica. Creo que están las mejores. Algunas son auténticas crónicas de su tiempo, especialmente de su encarcelamiento, proceso y condena a muerte. En todo caso, estas cartas serán inolvidables por la firmeza de Moro a la hora de defender su conciencia de católico. La selección es magnífica, el análisis histórico más que bueno y la edición, repito, de primera calidad; porque no sólo se presentan todas las cartas en versión bilingüe (latín-español e inglés-español), es que las anotaciones, a veces, alcanzan la calidad de una edición crítica.
© Copyright Libertad Digital
ANNA SARDARO: LA CORRESPONDENCIA DE TOMÁS MORO. ANÁLISIS Y COMENTARIO CRÍTICO-HISTÓRICO. Eunsa (Pamplona), 2007, 297 páginas.

viernes, julio 13, 2007

Grande nueva... Revel conoció a Gurdjieff!!


En su libro El ladron en la casa vacia, como reseña MARIO VARGAS LLOSA, a través de episodios y personajes claves, Revel evoca una vida intensa y trashumante, donde se codean lo trascendente -la resistencia al nazismo durante la Segunda Guerra Mundial, los avatares del periodismo francés en el último medio siglo- y lo estrambótico, como la regocijante descripción que hace Revel del célebre gurú, George Gurdjieff, cuyo círculo de devotos frecuentó en sus años mozos a la captura de las enseñanzas del Cuarto Camino.

Esbozado a pinceladas de diestro caricaturista, el célebre iluminado que encandiló a muchos incautos y esnobs en su exilio parisino, aparece en estas páginas como una irresistible sanguijuela beoda, esquilmando las bolsas y las almas de sus seguidores, entre los que, por sorprendente que parezca, junto a gentes incultas y desprevenidas fáciles de engatusar, había intelectuales y personas leídas que tomaron la verborrea confusionista de Gurdjieff por una doctrina que garantizaba el conocimiento racional y la paz del espíritu. Retrata al místico negociante como un beodo propietario de un galimatias inescrutable. Tremendo.

Dicen que nada en Revel es recto, excepto su pensamiento. Con la razón y la libertad se construyó al término de un recorrido caótico y a veces doloroso, un camino decididamente personal, al margen de las instituciones, las modas y los prejuicios, abierto al gran horizonte, asumiendo deliberadamente el riesgo. Nada se deriva de la evidencia. Todo son líneas quebradas y rupturas. Ruptura con su familia, y sobre todo con su padre, a través de su compromiso con la Resistencia. Ruptura con la religión y con cualquier forma de dogma después de su rocambolesco camino junto a la secta de Gurdjieff. La Herencia de Gurdjieff ha destruido muchas vidas espirituales pero en el caso de Revel no le impedía reservar la posibilidad de la fe, como muestra el diálogo con su hijo Matthieu, convertido al budismo (Budismo y Política: fiesta de opium y éxtasis)

jueves, julio 12, 2007

¿Qué te has creído que es esto?



Annie Leibovitz es una progre-pija judía que se cree que la Reina de Inglaterra es Tom Cruise. Hace preciosas foticos a gente del pelaje de John Lennon en bolas, Hugh Hefner, Yoko Ono, Hillary Rodham Clinton, Donald Trump, David Byrne, Dan Aykroyd, Bob Dylan, Mick Jagger, Hunter S. Thompson, Andy Warhol, Brad Pitt, Demi Moore, Nicole Kidman, Mikhail Baryshnikov, Jamie Foxx, Patti Smith o su amante Susan Sontag. Gente importante. Esa furiosa frase de Su Majestad sintetiza mejor que todos los libros de historia lo que representa una corona, el peso de llevar a la espalda siglos de tradición... Her Royal Highness, Isabel II, de 81 años, no es Victoria Beckham, Elton John o Scarlett.
Isabel II es.

domingo, julio 08, 2007

Sicko: el doctor Moore contra el American Dream, según Santiago Navajas


Lawrence Kasdan filmó, con William Hurt y Geena Davis, El turista accidental. El protagonista recorría el mundo superficialmente, visitando los sitios típicos y tópicos, para llevarse a su casa un retrato amanerado y falso de los lugares pseudovisitados que mostrar a los amigos. Michael Moore, convertido en un turista accidental de la salud, ha realizado un nuevo documental de propaganda (docu-prop) sobre sus dos obsesiones: él mismo y el American way of life.
Sicko hace referencia a una conducta enferma, bizarra, obscena. Podría ser, pues, el título de una autobiografía de Moore. Pero no. Con el olfato que le caracteriza, Moore ha abordado en sus dos últimos documentales las preocupaciones más agudas del pueblo norteamericano: la guerra de Irak (Farenheit 9/11) y, en Sicko, el sistema de salud.
Moore colgó este aviso en internet: "Enviadme vuestra historia con el sistema de salud". Y, claro, recibió miles de casos sangrantes. Evidentemente, habría recibido las mismas protestas de cualquier sistema del mundo. Del español, uno de los estatalizados, habría recibido, en proporción, seguramente más: el último caso ha sido el de una mujer que ha ido de hospital público en hospital público con un feto muerto en su interior.
Este docu-prop consta de dos partes, que van alternándose de forma concéntrica alrededor de su director, el de la triste y oronda figura. En primer lugar, se exponen numerosos casos de estadounidenses que se quejan del mal funcionamiento de su seguro de salud. Mediante este método inductivo, el facultativo Moore nos ofrece su diagnóstico del sistema yanqui: muy deficiente. En la segunda parte se trata de ofrecer modelos alternativos. Es entonces cuando el doctor Moore nos ofrece su terapia de choque: sistemas estatalizados como los que rigen, por ejemplo, en Gran Bretaña, Francia y ¡Guantánamo! (EEUU y Cuba).
Música de violines: Adam, "uno de los casi cincuenta millones de americanos sin seguro de salud", se cose una fea herida en la pierna mientras lo observa impávido su gato. Rick se cortó dos dedos y, como no tenía seguro, tuvo que elegir que le implantaran sólo uno. Tampoco les va mejor a los asegurados: las compañías hacen lo imposible, en los límites de la legalidad pero mucho más allá de lo moralmente aceptable, para escamotearles los tratamientos. Por ejemplo, Larry y Donna llevaban una vida cómodamente asentada en la clase media hasta que él sufrió varios infartos y a ella le diagnosticaron un cáncer: el seguro los dejó tirados y ahora ambos pertenecen al lumpemproletariado.
A Jason no lo aseguran por ser demasiado delgado. A Stefanie, por gorda. Y así van discurriendo los casos de María, Diane, Lauren o Amy contra compañías privadas como Cigna, Blue Shield, Horizon Blue Cross, BCS o Mega Life.
¿Cómo no sentir compasión por todos estos damnificados? ¿Cómo no sentir indignación contra Michael Moore por la utilización torticera de tanto dolor para satisfacer su narcisismo patológico? Lo relevante es que en ningún momento se recoge la voz de los satisfechos con el sistema (alguno habrá entre los 250 millones que sí tienen seguro) ni la de los acusados: las compañías privadas, por conducta criminal, y los políticos, a los que sataniza e impone el sambenito de la prevaricación. Sin confrontar distintos puntos de vista, sin investigar las circunstancias de cada caso, ¿cómo sabemos que Moore no nos está dando gato por liebre?
Cuando toca hablar de los sistemas socializados, Dr. Moore arrumba el criticismo y nos pinta paraísos sanitarios en los que no hay masificación, ni listas de espera, ni imposición de médicos y tratamientos. Moore nos informa de que sólo el 17% de los estadounidenses está satisfecho con el sistema de su país, pero nos birla el dato –es un maestro de la ocultación– de que sólo el 25% de los británicos está conforme con el que les ha caído en suerte (o, por mejor decir, desgracia). No nos informa, por ejemplo, de que en Gran Bretaña es el National Institute for Clinical Excellence quien decide qué personas con problemas de visión tienen derecho a recibir tratamiento subvencionado. Y es que en todas partes cuecen habas, aunque Moore nos obligue a tragarnos su indigesta receta.
Lo que nunca dice Moore, porque no le interesa o porque considera que sus espectadores son tan estúpidos que no merece la pena explicitarlo, es que en EEUU la contratación de un seguro es voluntaria y las primas están conectadas al riesgo. En Canadá o Gran Bretaña (o España), los gastos los paga el Estado mediante los impuestos. En Francia es obligatorio contratar un seguro de vida (como en España contratar un seguro automovilístico), pero el coste del mismo está ligado a la renta y no al riesgo (de donde deriva otro problema patológico: el "riesgo moral", es decir, la proliferación de gorrones, lo que –inadvertidamente– muestra Moore con la colonia de norteamericanos residentes en París, que viven a costa del sistema de salud francés sin pagar un dólar por él y se preguntan maravillados, mientras descorchan botella tras botella de burdeos, cómo es posible que los euros crezcan de los árboles a la orilla del Sena).
Si siguiéramos el método inductivo de Moore, si recopiláramos casos de gente abandonada, mal asistida o directamente asesinada por el sistema, podríamos hacer decenas de documentales oportunistas y ventajistas sobre el sistema de salud británico, francés, canadiense o español (¿habrá oído hablar Moore de la gente que se muere en "lista de espera" en un sistema estatalista como el nuestro?). La cuestión es si para reformar los distintos sistemas hay que armarse de una visión de mercado o de una estatista. Para Tim Harford, autor del muy recomendable El economista camuflado, la orientación de mercado es necesaria... a menos que se quiera incurrir en la ineficiencia afrancesada. Por ello, el modelo que propone es el de Singapur, donde funciona una economía "mínimamente invasiva", siguiendo los criterios reformistas de mercado de Popper o Hayek.
El debate en EEUU sobre su sistema de salud es impresionante y de una gran complejidad, aunque ahora haya sido rebajado por la irrupción de Sicko. Todos están de acuerdo en calificarlo, como el profesor Nikolai Wenzel en una carta a The Economist, de "ineficiente, derrochador, excluyente e innecesariamente caro", pero el problema reside, tanto para Wenzel como para la harvardiana Regina Herzlinger (The Economist, 31 de mayo de 2007), en una mala aproximación al mercado, lo que provoca una colusión de intereses entre el Estado y el oligopolio de la industria de la salud, en perjuicio de los legítimos intereses de los consumidores. No es que el mercado no funcione y tenga que venir el Estado a sustituirlo, sino que hay que diseñar el mercado de manera que la competencia y la información fluyan sin interferencias.
El modelo de Herzlinger es Suiza. Por cierto, miente Michael Moore cuando dice que EEUU es el único país desarrollado que no tiene un sistema de salud universal y subvencionado a través de los impuestos (lo que vulgar y equivocadamente se suele denominar "gratuito"). A menos que Suiza, donde recientemente los ciudadanos han rechazado por referéndum el sistema de salud asistencial, subvencionado y mediocre que defiende Moore, haya sido expulsada de la OCDE en los últimos meses, pierde.
Michael Moore no es más que un niño grande y narcisista que ha descubierto un juguete tremendamente lucrativo: el negocio de la contracultura. Cree, y nos lo muestra a través de su práctica documental, que la verdad, la objetividad, en definitiva, los hechos, son estorbos para su destino mesiánico. A su alrededor se agitan satisfechos los golfos y los bobos, los que son incapaces de distinguir la realidad de la ficción, bien porque esperan sacar buena tajada de la confusión, bien porque no pueden alcanzar la madurez necesaria para encauzar sus vidas según el principio de realidad.
En su periplo como doctor accidental, tiene momentos hilarantes, en los que brillantemente hace el papel de estúpido benevolente, una mezcla pavorosa entre el idealismo pendenciero de Don Quijote y el rastrero sentido común de Sancho Panza. En Londres, en el cementerio de Highgate, se planta ante la tumba de Karl Marx para hacerle un homenaje, sin ser consciente de que el filósofo alemán lo retrató lúcidamente:
(...) la utopía (…) suplanta la producción colectiva, social, por la actividad cerebral de un pedante suelto (...) que, sobre todo, mediante pequeños trucos o grandes sentimentalismos (…) en el fondo no hace más que (…) imponer su propio ideal a despecho de la realidad social.
Por último, es sangrante la propaganda que hace Moore de la dictadura cubana, algo generalizado entre los radical-chic hollywoodienses, a costa de unos enfermos norteamericanos a los que usa torticeramente, para mayor gloria de Castro y de sí mismo. Así, acepta sin pestañear las estadísticas oficiales del régimen, cuando desde la caída de la Europa comunista sabemos cómo se confeccionan en las patrias del proletariado.
De la mortalidad infantil cubana, más baja que la registrada en EEUU, se puede objetar, como hace el profesor Carmelo Mesa-Lago, de la Universidad de Pittsburgh, que puede verse afectada por la altísima tasa de abortos habida en la Isla. En cuanto a la esperanza de vida, debe lo suyo a los exiliados, pues se computa su nacimiento pero no su defunción.
Si los americanos hacían turismo sexual durante la dictadura de Batista (por cierto, Castro ha convertido la Isla en el burdel de Europa, en dura pugna con Tailandia), con el dictador comunista lo que impera es lo que Juan José Sebreli denomina "turismo de la salud". Mientras los cubanos... pues eso, atendamos a Sebreli:
(...) faltan antibióticos, faltan los medicamentos importados, que no se consiguen o se dejan para turistas; (...) en las farmacias –cualquiera que haya ido a La Habana [las] ve (...) vacías– no se puede conseguir una aspirina. Además, no puede haber salud donde la alimentación es muy rudimentaria, es muy poco variada y (...) falta el jabón y la pasta dentífrica (...)
Explota hasta el paroxismo el mito de las dos Norteaméricas, la liberal-laica-culta-urbana-proeuropea-demócrata y la conservadora-ignorante-rural-religiosa-antieuropea. Y, claro, le aplauden en el Festival de Cannes, ese clímax de la con-fusión entre la farándula y la izquierda. Trujamanes de la "conciencia del pueblo", como los llama Gustavo Bueno, resentidos contra la economía de mercado, como decía Robert Nozick, han encontrado en el capitalismo, paradójicamente, un nicho de mercado semejante al de las prostitutas o los presentadores-estrella de televisión: el de la satisfacción de las necesidades más bajas.
Autoproclamado tribuno de la plebe, todavía en sus orígenes (v. el documental Roger and me) parecía tener una preocupación genuina por los mansos, los débiles y los pobres de espíritu. Pero, docu-prop a docu-prop, se ha ido convirtiendo en un pesado delirante, un mentiroso compulsivo y un demagogo recalcitrante, mitad teólogo de la liberación, mitad telepredicador.
En 1962 Juan Benet escribía: "El humor es una modalidad muy refinada del conocimiento crítico que necesita, para desarrollarse, el campo más fértil y valioso de la persona: la voluntad de conocer, la audacia, la sinceridad, la objetividad, el sentido de la elegancia y del ridículo, la rectitud de conciencia y la independencia moral deben estar siempre presentes para sazonar este fruto cuyas áreas de cultivo son cada día más escasas". Ahora, den la vuelta a esas ocho condiciones: obtendrán un fiel retrato del doctor accidental Michael Moore.
Sicko(EEUU; 123 minutos. Dirección, guión y producción: Michael Moore. Calificación: Patológica (4/10). Pinche aquí para acceder al blog de SANTIAGO NAVAJAS.

viernes, julio 06, 2007

El siglo de Revel según Horacio Vázquez-Rial

Voltaire llamó al XVII el siglo de Luis XIV. Al parecer, fue su admirador, Federico II de Prusia, quien decidió que el XVIII era el siglo de Voltaire. Jean-Paul Sartre contribuyó a la idea de que el XIX había sido el siglo de Víctor Hugo. Y, por fin, Bernard-Henry Lévy colocó en el mercado la fórmula "el siglo de Sartre" para hablar del XX.
Todo muy francés, si bien algunos de los evocados en tan encomiosas consignas fueron realmente importantes para la humanidad en general. Podríamos universalizar un poco la cosa y afirmar que el XV fue el siglo de Colón, el XVI el de Carlos V o el de Felipe II, el XX el de Churchill, o el propio volteriano XVIII el de Washington. Después de todo, es gracias a todos ellos que yo escribo estas líneas y usted, lector, se indigna justificadamente al leerlas. Ellos nos hicieron y están mucho más presentes en nuestras almas y en nuestras vidas materiales de lo que somos capaces de comprender.
También es verdad que el finado siglo XX fue el más productivo de la historia en materia de monstruos determinantes y de gurús influyentes, y que el XXI ha nacido con cierto cansancio esencial: ni figuras intelectuales de la talla de los mencionados, ni personajes públicos de la trascendencia de un Zola o un Bertrand Russell, ni dirigentes con las capacidades de un Lenin o un Mussolini, grandes líderes de las izquierdas. Aaron proyectará su sombra sobre esta centuria, como todos los filósofos del liberalismo, de Hayek a Von Mises, pero ninguno de ellos, excelentes críticos de su tiempo, lo habrán soñado: la utopía no es liberal.
Sin embargo, hay un hombre que, con su trayectoria ideológica y la realidad de su existencia, ha concebido un futuro: me refiero a Jean-François Revel. El siglo XXI puede ser, debería ser, el siglo de Revel. El siglo para el cual Revel sirva de modelo, si la estupidez reinante en la clase política no impide la continuidad de nuestra civilización, si Occidente no despierta una mañana sometido a la sharia.
No sé si usted ha leído a Revel, si ha leído La tentación totalitaria, La gran mascarada o La obsesión antiamericana (el mejor libro que conozco sobre el tema), pero si no lo ha hecho y decide comenzar por Memorias. El ladrón en la casa vacía, que acaba de publicar en español Gota a Gota, en versión de Juan Antonio Vivanco Gefaell, no sólo tendrá una puerta de entrada excepcional a la obra de uno de los grandes pensadores franceses de esta época, sino que se encontrará con un hombre del que hacerse amigo, hijo, discípulo.
Al rememorar la misa en la boda de su hija Eve, el 3 de diciembre de 1972, en una iglesia ortodoxa, Revel reflexiona:
A pesar de que Eve y su prometido eran católicos, habían tenido el antojo de convertirse a la religión ortodoxa griega [...] Mi hijo mayor Matthieu acababa de abandonar la investigación científica para abrazar el budismo, y eso después de haberse doctorado en biología [...] En 1967 me casé con Claude Sarraute, judía, y nuestro hijo Nicolas resultó ser también judío porque, según la ley de Moisés, la religión de la madre determina la de los hijos. Sin renegar jamás de esas raíces, jamás llegó a albergar sentimientos religiosos, no más que su madre, por otra parte [...] tuve el placer de meditar sobre las vueltas que da la vida. Qué endeble es la influencia paterna. Yo, antiguo alumno de los jesuitas, convertido en ateo; yo, discípulo de Voltaire, animado desde mis dieciocho años por ese agnosticismo virulento que sabe suscitar la Compañía de Jesús, ¡tenía una hija ortodoxa griega, un hijo budista tibetano y otro hijo judío! [...] Desde hacía unos años la indiferencia había atenuado, y más tarde extenuado, mi anticlericalismo [...] He renunciado a encontrar un sentido a la frase de Malraux: "El siglo XXI será religioso o no será", y no creo que tenga ninguno. De hecho, religioso o no, el siglo XXI será. Pero corre el riesgo (y aquí es posible que Malraux tuviese razón) de ser más religioso que el XX, en el que las ideologías desplazaron un poco la fe para justificar la necesidad humana de exterminar a los infieles y de inventárselos en casos de necesidad. La madurez había desgastado mi intolerancia hasta tal extremo que incluso sentía gratitud hacia mis maestros, porque a fin de cuentas les debía unos buenos estudios.
La extensión de la cita me parecía imprescindible porque en ese solo párrafo, muy mutilado (no hay puntos y aparte en una larga página y media), se expone, en esencia, lo que es un hombre civilizado, un occidental de nuestro tiempo, cuando decide asumir y llevar hasta sus últimas consecuencias su legado cultural.
Freud, tan cuestionable en su concepción científica general, pero tan brillante en muchas de sus aseveraciones puntuales, decía que en cada familia hay un miembro por generación que se hace cargo del legado, de la memoria común y hasta de los recuerdos materiales de sus antepasados: es el que ordena las fotos en álbumes, el que mantiene la biblioteca y hace encuadernar o encuaderna los libros deteriorados, el que no lleva en el bolsillo el reloj del abuelo, sino que lo conserva en el primer cajón de la cómoda, por miedo a perderlo, y de tanto en tanto lo limpia y le da cuerda. Eso mismo sucede en la sociedad intelectual. Revel fue un fiel curador de las joyas de Occidente, mientras los Ramonet, los Chomsky, los cínicos de todo pelaje nacidos por generación espontánea de los despojos de Sartre, se dedicaban a desmontarlas y llevarlas por piezas a las casas de préstamos, si no a los peristas.
Las Memorias de Revel son el minucioso y amoroso catálogo de esas joyas, y del modo en que las fue recibiendo, una a una, a medida que la experiencia se las iba revelando. Era un ateo convencido (ni siquiera emplea la palabra agnóstico a la hora de definirse), pero capaz de gratitud por lo que había aprendido de los jesuitas, y del todo acrítico con las opciones religiosas de sus hijos y de los hombres en general. Era, en ese sentido, todo lo que puede ser un buen cristiano, aunque no por medio de la fe, sino de la bondad misma: era un hombre bueno sin un átomo de buenismo, era un hombre libre y, por tanto, respetuoso con la libertad de todos y enemigo de cualquier forma de intolerancia. Un liberal radical, en todos los órdenes de la existencia. Por lo cual, naturalmente, estaba lleno de contradicciones, que viven de nosotros y en nosotros, y nos enfurecen mientras están allí y a veces, cuando logramos superarlas, vemos que nos han hecho crecer.
La adolescencia es la edad de las contradicciones, y para muchos dura toda la vida. Otros, como Revel, alcanzan la madurez, la edad en la que nos conllevamos con nuestras contradicciones porque hemos aprendido que no siempre conviene acabar con ellas.
Subtituló este libro El ladrón en la casa vacía, con ese punto de culpa que se experimenta al hablar del pasado y comprender que ese pasado no nos pertenece en exclusiva, que ha sido y sigue siendo compartido con otros, muchos de los cuales ya sólo viven en nuestro recuerdo y, por tanto, son juzgados a través de la evocación. Ésa es la tragedia de la mayoría de los libros de memorias: el miedo a que nos juzguen, sí, pero también el miedo a juzgar, que Revel supera mediante el humor, con cuyo auxilio se pueden decir cosas terribles sin que parezcan tales. Es una constante discretamente presente en toda la obra del autor, que en algún momento descubrió que las ideas de lógica aplastante suelen mover a la sonrisa: La obsesión antiamericana es una buena prueba de ello, desde su título.
La vida de un francés libre y honesto, contada por él mismo con una distancia que no excluye la pasión, y que termina siendo la historia de un individuo a la vez que de la política y de la cultura de su tiempo: lo mismo que podría decirse de las Memorias de ultratumba de Chateaubriand. Dos siglos más tarde. No es poco.
JEAN-FRANÇOIS REVEL: MEMORIAS. EL LADRÓN EN LA CASA VACÍA. Gota a Gota (Madrid), 2007, 672 páginas.

El Ladrón en la casa vacía, reseña de Carlos Semprún Maura

Gota a Gota publica el texto. Pese a su bello título, este libro de memorias no es, a mi entender, el más importante de Jean-François Revel. Porque El reto democrático, Ni Marx, ni Jesús, La tentación totalitaria, ¿Porqué los filósofos? o El conocimiento inútil, entre otros, constituyen desde mi punto de vista, libros esenciales del pensamiento liberal francés. Dicho pensamiento, sin necesidad de remontarnos a Montaigne, y por dar sólo alguna pista contemporánea, puede basarse en la obra de Alain, tan olvidado, no por casualidad, y pese a los comentarios favorables de Raymond Aron en varios de sus libros, que hubieran debido sacarle del "infierno". No ha sido así. El propio Raymond Aron, claro, algunos ensayos de Albert Camus, lo esencial de la obra de François Furet y algunos más. No está mal. Dos observaciones: todos estos autores proceden de lo que se califica generalmente de "izquierda". Alain, del radical-socialismo de antes de la II Guerra Mundial, Aron del PS, Camus y Furet del PC. Esa voluntad juvenil de "cambiar el mundo" se enfrentó en muchos casos con una evidencia: cambiar el mundo, bien, pero no para peor. Otra observación aparentemente contradictoria -pero no nos asustan las contradicciones- se refiere a Raymond Aron -personaje importante de estas memorias- y al propio Revel. Es verdad que pronto fueron reconocidos como autores inteligentes, y que sus libros se vendían y se venden bien, tanto en Francia como en el extranjero, pero aun así su influencia en la Universidad, en los medios de comunicación o en la opinión pública, por no citar a la clase política, fue durante decenios infinitamente menor que la que tuvieron los maestros de la mentira burocrática y totalitaria: Althusser, Sartre, Foucault, por ejemplo. Es cierto que este último es más ambiguo, o más incoherente, porque si en sus libros sobre "la historia de la locura" critica las soluciones represivas y carcelarias en el tratamiento de la enfermedad durante siglos, exaltó al mismo tiempo la revolución islámica iraní, que ha convertido todo el país en una cárcel-manicomio y se negó a condenar el uso criminal de la psiquiatría contra los disidentes en la URSS, como recuerda nuestro autor.
O sea, que no ha existido un "partido aroniano" como hubo, dicen, un partido "marxista", "maoísta" y hasta "castrista". Menos mal.
Jean-François Revel también procede de la izquierda, pero su paso por el Partido Comunista Francés sólo duró tres días: uno de sus profesores le convenció para que se adhiriera cuando tenía 21 años, pero al leer un texto sobre el realismo socialista, rompió su carnet en el Jardín del Luxemburgo. También participó en la Resistencia, experiencia que relata con una humildad ejemplar, y luego en diferentes movimientos de la izquierda, incluso anticomunista. Colaboró con François Mitterrand cuando éste estaba en la oposición, pero rompió con él cuando se alió con los comunistas en la "Unión de la Izquierda" y su juicio sobre el difunto presidente de la República se resume en esta frase: "Ha convertido el Palacio del Elíseo en una cueva de malhechores".
Como fiel lector de Revel que admira su obra y su estilo, lo cual para un escritor no es cualquier cosa, me permitiré dos leves reservas sobre sus memorias. Aunque relata con buen humor y con soltura su precoz e intenso interés por las damas, sus personajes femeninos, trátese de sus esposas o de Paola, en Florencia, resultan en cambio muy tibios. No es que le falte garra escribiendo, no, pero pienso que al hablar de sus amores le entra de pronto una extraña timidez, un pudor excesivo.
Asimismo, en un terreno totalmente diferente, dedica demasiadas páginas, siempre a mi modo de ver, claro, a los líos que tuvo con Raymond Aron, cuando era director del semanario L'Express y Aron su principal editorialista, a finales de los años setenta. Se entiende que, entre su admiración por la inteligencia de Aron y su enfado debido al pésimo carácter de éste, intente justificarse detalladamente, pero esas vueltas y revueltas sobre el asunto, esa acumulación de datos justificativos resultan, a veces, pesadas.
De todos modos, ¡qué maravilla de libro! Toda la vida política, cultural, periodística de Francia entre 1943 y 1997 está contada, analizada, criticada con un talento estimulante. Pero no sólo de Francia. Revel ha viajado mucho y nos habla de Argelia, Italia, México, EE.UU., España y otros países como un goloso inteligente que da muy a menudo en el clavo. Su talento de polemista no se limita a criticar violentamente los totalitarismos o a retratar a Mitterrand y a los suyos, esa semi social-democracia corrupta y burocrática. Además, lo que cuenta del presidente Giscard y su cobardía y su total incomprensión de los problemas de la URSS y del PCF, constituye una verdadera joya. También sobre el ex ministro y académico Alain Peyrefitte, y su cinismo, tan rentable comercialmente, en favor de la China comunista. O sea que su búsqueda de la verdad, de la realidad de los hechos, no se detiene según sea el color o la etiqueta de los políticos o de los intelectuales. Eso le ha valido, estos últimos años toda suerte de insultos por parte de los tenores de la izquierda pseudo radical, empezando por Régis Debray, ese sepulturero que se dedica a elogiar al mismo tiempo, o casi, los cadáveres de Ernesto Guevara y del general De Gaulle.
No voy a resumir este libro de memorias, sería absurdo, tratándose además de un libro de 649 páginas, repleto de anécdotas, de personajes, de libros, de cuadros, de ciudades y paisajes. Sólo me permitiré decir dos cosas sobre su "camino de Damasco" o su "educación sentimental", señalando cómo a través de tantas experiencias ha llegado, desde hace ya bastantes años, a defender lo que él mismo califica de "revolución liberal".
Esto, una vez más, indigna a muchos, sobre todo en un país como Francia, tan apegado al control, la subvención y la protección del Estado. Pero además, como indica el propio Revel, si bien es cierto que los sistemas totalitarios se derrumban por doquier, el pensamiento totalitario sigue asimismo vigente por doquier, y el liberalismo -o el neoliberalismo, o el ultraliberalismo- se considera en ciertos sectores como expresiones de la extrema derecha, cuando es exactamente lo contrario. Hitler, como Lenin y Stalin, Mussolini -el inventor del término totalitarismo, como nos lo recuerda Revel-, Franco mismo, como varios monarcas absolutos y muchos Papas, han odiado, censurado o asesinado a los liberales. La democracia, consustancial con el liberalismo, siempre tuvo, y tiene, dos enemigos: el fascismo rojo y el fascismo pardo, ambos, hoy de capa caída, lo cual permite abrigar modestas esperanzas para el futuro.
Para Revel el liberalismo es una forma de pragmatismo: las buenas soluciones económicas y sociales son las que dan buenos resultados, reduciendo el paro y aumentando la producción y el nivel de vida. Sobran los ejemplos sobre los resultados positivos del liberalismo en economía. Pero el liberalismo es también un ideal que yo casi calificaría de romántico, un ideal de libertad y tolerancia. Exactamente lo mismo que lo que preconizaba Queipo de Llano, diría Anguita. Pues no.
Jean-François Revel, Le voleur dans la maison vide. Paris, Fayard, 1998

jueves, julio 05, 2007

El tenis


El tenis, como cualquier deporte, es mucho mas que sudar evolucionando ante gente desconocida que aplaude o jalea episodicamente. Pat fue expulsado del tenis. Hoy cuenta en que se ha convertido el deporte. En que se ha convertido todo. La reproducción mecánica de la obra de arte fue el comienzo de este final.
  • Nadie quería nada conmigo. Me refiero a los torneos y a la ATP, a gente que antes me ofrecía de todo y que consideraba mis amigos. Les pedía una 'wild card' sólo para la fase previa, pero ni eso; el tenis se ha convertido en un asco, una atmósfera amarga donde todo el mundo lucha por su propio interés.
  • Durante mi último año como profesional, solicité unas 30 invitaciones y sólo obtuve cuatro para el cuadro principal y dos para la fase previa.
  • La cosa va cada vez peor. Cuando yo era joven jugaba para un equipo, para un país, y lo hacía con el mismo entrenador durante años. Siempre tuve una gran relación con él, igual que Henman o Agassi, algunos de los buenos tipos que había entonces.
  • El tenis se ha convertido en un deporte sin ninguna moral. Hay madres y padres que pegan a sus hijas. Lo leemos desde hace mucho tiempo en los titulares y sigue pasando. Es ridículo.
  • A algunos les puede gustar la programación de hoy en los medios, pero no a mí. ¡Y luego está Paris Hilton! Si ella es el mayor fenómeno de todos los tiempos, algo extraño sucede. Lo que quiero decir es que me siento feliz alejado de los focos. Así soy yo ahora.
  • Ahora vemos a estos jóvenes que cambian de técnico o de agente cada semana. Cambian esto, cambian lo otro, siempre protestando y quejándose. Así es el tenis de hoy, desafortunadamente.
  • Estuve este año en Roland Garros y ves al público en los restaurantes, al lado de los júniors y los veteranos, como yo, sin mostrar ningún respeto por el juego. Esta gente tiene entradas para las finales y en realidad no les importa una mierda el tenis.

miércoles, julio 04, 2007

Si Dios no quiere mi honra, yo tampoco!

A la mitad del destartalado discurso del genial por imprevisible Ruiz-Mateos, soltó esa frase como sin buscarla y se me saltó una lágrima. Cuando estoy enfermo, como pasaba a papá en sus días peores, me apetece llorar con todo. La frase de Ruizma ha hecho reir a muchos. Dice en gran medida en que nos hemos convertido. Dios no cuenta si no está en Supervivientes o House no lo mienta. De la honra ni hablo.
Luego lloré también con dos peliculones de vaqueros. No saben que tengo, pero entre los mocos verdes que cago como un geiser, las vomitonas, las sudadas y las lloreras me estoy quedando en los huesos. No sé estar sin trabajar y la culpa de una baja me hace daño.
The Professionals (1966), que se pasa por los cojones ese timo del "yo trabajo por ideales y tu por sucio dinero", me dejó helado como la primera vez. Helado de voracidad. Que bestia es todo. La lectura del subtexto repipi ese te come con la trama misma y a la vez. Lloré dos veces.
La otra llorera la tuve hoy con The Hanging Tree (1959). El Dr. House encuentra en esta película su origen. Me juego los huevos ya... Allí se prestan fieras a las máximas potencias de la vida el mítico Gary Cooper y la austriaca María Schell (madre del totem de la interpretación Maximillian) que hace nada falleció a los 79 años. Yo la descubrí en su carnalidad mas límpida y creible en The Brothers Karamazov. Vamos, Paz Vega.

sábado, junio 30, 2007

Busco este DVD: Echos Of Enlightenment


Solo lo encuentro en DVD USA. Quiero región Europa. Echos Of Enlightenment de Dan Coplan; HAY QUIEN DICE QUE ES HORROROSA.
Everyday, somewhere in America, a middle aged man leaves his home, his family, and never returns. Daniel, who knows the meaning of dreams and visions, is one such man. 60 days after Daniel disappears, his wife Mary, is determined to find him. She retraces his path, meets all the people he touched before he vanished, and makes a startling discovery. The answer to what happened to Daniel is resolved in a remarkable life affirming ending.

'Ordinary Citizens, las víctimas de Stalin'

Fue este rostro el que me llevó a fijarme en esta exposición. Las mujeres asustadas paralizan mi atención.
Se trata de más de cien imágenes procedentes de las colecciones Memorial Society de Moscú, David King Collection de Londres y Reinhard Schultz de Berlín.
Las víctimas de Stalin es una producción del Centro Andaluz de Fotografía.
Compila un conjunto de retratos de personas asesinadas durante la dictadura estalinista.
Exposición comisariada por David King que puede verse en el Teatro Circo Price hasta el 22 de julio.

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jueves, junio 28, 2007

Paul Johnson segun J.M. Marco

Paul Johnson enhebra una historia del siglo XX que combina con soltura los datos –apabullantes en cantidad y precisión– y las biografías. De las que conozco, Tiempos modernos es la historia del siglo XX mejor escrita y la que mejor se lee, y eso que la primera edición data de 1985.
En sí misma, Tiempos modernos es toda una declaración. La historia del siglo XX ha suscitado interpretaciones de todas clases, en particular marxistas. El pasado fue, además, un siglo fecundo en nuevas formas de hacer historia, como la de los Anales en Francia. En realidad, retomaban concepciones muy antiguas, desde la cristiana (Bossuet) a la hegeliana. Eso no les resta valor, y de hecho reivindicaban un hecho central: la desaparición del individuo de la escena de la Historia. La Historia la protagonizaron desde entonces ideologías, clases, tendencias sociales o económicas, últimamente “narrativas”.
Para Johnson es al revés. El individuo es la clave última de la Historia. El oficio de historiador requiere cierta humildad: sin Churchill, Roosevelt, Hitler, Lenin o Stalin, el siglo XX habría sido distinto. Hay un núcleo inexplicable ante el que sólo queda la constatación y, como insiste el propio Johnson, la cronología. En otras palabras, la narración. Ahí está el arte del historiador.
Johnson parte del principio de que nada está predeterminado. Y lo más asombroso es que consigue contar una historia que conocemos como si nos colocara en el punto en que todavía está haciéndose. Es la señal de los historiadores de primera fila. Si se suma esta calidad a la de la primacía otorgada al individuo y a la narración, empieza a entenderse la causa de la amenidad de Tiempos modernos, como la de muchas otras obras suyas.
¿Quiere esto decir que la historia que cuenta Johnson no tiene sentido alguno? No, claro que no. Está primero el esqueleto de la cronología, un punto sobre el que el autor insiste, y con razón. Es ese hilo, el del tiempo, lo que permite entender mucho mejor que todas las teorías las razones de lo que ocurre. Se necesita un narrador de temple para sacar adelante la urdimbre de una historia tan monstruosa, en apariencia, como la del siglo XX. Johnson lo consigue.
Y además está lo que el Novecientos ha aportado a la Humanidad. La hipótesis del marxista Hobsbawm de que el pasado fue un siglo corto que empezó en 1914 y terminó en 1989 ha gozado de gran predicamento. Johnson, más respetuoso con la cronología, fija su fecha de nacimiento en otro momento. Quien haya leído Tiempos modernos ya sabe de lo que estoy hablando; quien no lo haya hecho… mejor que lo descubra por su cuenta. Lo dejaremos aquí, por tanto. Pero hay que aclarar que Johnson está hablando de lo que algunos llaman “nihilismo” y él denomina “relativismo”.
Es la idea de que todo vale, de que no hay valores morales fuertes, absolutos; de que la ley natural se ha volatilizado; de que, de alguna manera, todo es posible. Una vez desplomada la fe cristiana, no hay límite alguno para la voluntad del hombre. Ese núcleo fundamental permite a Johnson explicar fenómenos tan variados como los totalitarismos, la forma de la guerra en el siglo XX (con los bombardeos masivos de ciudades, por ejemplo) y el terrorismo; incluso una organización tan surrealista, como no sea entendida desde la desaparición de cualquier fundamento moral de la acción política, como la ONU.
En este breve muestrario el lector habrá encontrado fenómenos nuevos, propios del siglo XX, y otros ya conocidos antes de 1900. El totalitarismo, por ejemplo, no es nuevo: véanse las páginas dedicadas al islam, en la última parte del libro; sí lo son, en cambio, los medios técnicos, o el gigantesco e irreversible crecimiento del Estado, que multiplica hasta el infinito la capacidad destructiva o asesina del individuo. También lo es la emergencia de las “ciencias sociales” –entre ellas la Historia– que justifican la “ingeniería social”, como si el ser humano fuera un material maleable sin límite alguno. Y lo es, sin duda, el desplome de la religión cristiana en Occidente, como lo es la incapacidad o la negativa a resistir al proyecto totalitario.
Paul Johnson insiste en este último punto, que constituye uno de los hilos de su obra. Eso explica la actitud de buena parte de Occidente ante la revolución soviética y ante la toma del poder por los nazis, así como lo que Johnson llama el intento de “suicidio” de la última Arcadia, es decir de Estados Unidos. Es lo que Pascal Bruckner ha llamado, en un reciente ensayo, el “masoquismo occidental”. Lo ejemplifican a la perfección los años 70 y la actual Europa pacifista, rendida preventivamente ante casi cualquier grupo terrorista.Hay que leer o releer las páginas que Johnson dedica al pacifismo en su capítulo sobre “El fin de la vieja Europa”. O la larga cita de las líneas que escribió Goebbels en 1940 acerca de la actitud de sus enemigos, que se negaron a dar crédito a lo que Hitler, como ahora los etarras o los terroristas islámicos, había proclamado una y otra vez: que su objetivo único era acabar con la democracia, con la libertad, con cualquier asomo de civilización.
El recuento de las atrocidades que lleva a cabo Johnson es siniestro, y aunque obras posteriores, propiciadas por la apertura de muchos archivos, han permitido perfilarlos, las líneas generales y casi todos los detalles siguen siendo los correctos. Como Johnson rechaza el principio de las leyes históricas, los individuos quedan siempre enfrentados a su responsabilidad. Johnson, en este aspecto, no se arredra ante el antiguo papel asignado a la Historia: aprender de los ejemplos morales que nos dieron nuestros antepasados.
Por eso Tiempos modernos no se reduce a un catálogo de catástrofes y al llanto sobre el abismo de sufrimiento provocado por el “relativismo” del siglo XX. También incita a un cierto optimismo. Como dice Aznar en el prólogo de esta nueva edición, nada está jugado de antemano. Sin salir de la historia del siglo XX, y a modo de ejemplo, es una realidad que Estados Unidos no sucumbió a la tentación del suicidio, que los disidentes consiguieron triunfar sobre el totalitarismo comunista y que la religión, en lo que quizá sea el hecho más asombroso del siglo XX, no ha desaparecido. Al contrario.
Yo añadiría otra cosa. El solo hecho de que se haya escrito una obra como Tiempos modernos es de por sí una demostración de que el ser humano no tiene por qué resignarse a la derrota de la civilización. Leerla nos invita a resistir a esa ola de “todo vale” que ahora mismo, en España, ha reventado las madrigueras de los departamentos universitarios y de los terroristas hasta inundar las más altas instancias del Estado. Imprescindible.
PAUL JOHNSON: TIEMPOS MODERNOS. Homo Legens (Madrid), 2007, 1.124 páginas. Prólogo de JOSÉ MARÍA AZNAR. Pinche aquí para acceder a la web de JOSÉ MARÍA MARCO, autor de LA NUEVA REVOLUCIÓN AMERICANA.